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lunes, 20 de mayo de 2019

PATRICIA DE HARO (1º DE BACHILLERATO)GANA EN SU CATEGORÍA EL CONCURSO DE RELATOS QUE EL IES PADRE POVEDA CONVOCA CON MOTIVO DE LA FERIA DEL LIBRO.



No es la primera vez que ocurre. Patricia De Haro vuelve a ganar el Concurso de Relatos del IES Padre Poveda. Enhorabuena por tu constancia y por este relato tan bien construido que pone de manifiesto dos cosas importantísimas: que has sido siempre una lectora voraz y que cada día te gusta más escribir. Muchas felicidades. Disfruta de tu premio. Dejo por aquí tu texto para que todo el mundo pueda leerlo.
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Observo mi reflejo en el espejo del baño mientras mi madre me coloca el pelo en un moño y me lo cubre con la cofia negra, como hace cada mañana. Algunos rizos se resisten y veo como caen por mi cara, tapando mis ojos verdes. En otras circunstancias, mi madre me habría ayudado a retirarlos entre risas. Sin embargo, hoy tiene una actitud muy diferente a la que suele tener cuando el día comienza. Su sonrisa armónica que nos contagia su buen humor para comenzar con ganas la jornada se ha visto sustituida por un semblante inexpresivo y serio, a través del cual se escapan involuntariamente pequeños indicios de nerviosismo. Se seca el sudor en el delantal y, con las manos temblorosas, me pasa el atuendo que tenemos guardado para las ocasiones especiales: un vestido de seda de color azul con pequeños detalles bordados en negro. Me queda algo corto, quizá demasiado. A pesar de llevar unas botas de cuero, los tobillos se me ven bajo la falda, así que me pongo unos calcetines mucho más altos para tapar mi piel. Hace demasiado tiempo que no me lo pongo. La vida aquí es tan monótona que no hay lugar para ocasiones especiales. Cuando salgo del baño, se acerca dudosa a mí. Me observa con ojos vidriosos y tristes, y después de pensarlo un poco, la abrazo muy fuerte por un rato largo, o quizá no tan largo, pues en sus brazos el tiempo siempre se paraliza y las agujas del reloj permanecen petrificadas, hasta que las devuelve a la vida con su aliento cuando me susurra al oído:
-Estás preciosa. Feliz cumpleaños, Lena. Tómate tu tiempo, cuando creas que estás lista avísame, te estaremos esperando en la puerta.
Hoy cumplo 16 años, pero ojalá este día no hubiese llegado nunca. Sin apartar la mirada de la ventana, oigo como cierra la puerta de mi habitación y, cuando se aleja, suelto el aire que estaba conteniendo y me paro a observar a mi alrededor con detenimiento.  Me centro en los sonidos que producen los niños correteando de camino a la escuela, las ruedas de las carretas que transportan cientos de kilos de trigo recogidos en las cosechas, los vecinos dirigiéndose a sus respectivos puestos de trabajo… en definitiva, me centro en los sonidos de la comunidad, mi comunidad. Aquí todo funciona de forma diferente, pues prescindimos de todas aquellas comodidades que ha ido creando la civilización: carecemos de electricidad, electrodomésticos y automóviles, así como del resto de objetos que impliquen algún lujo en el día a día. Mi padre, desde que era muy pequeña, nos ha hecho creer a mi hermano y a mí que este es el estilo de vida que hay que llevar si queremos alcanzar la paz espiritual plena. Debemos llevar una vida altruista, en la que todo sea por y para beneficio de todos. El egoísmo es considerado el más puro veneno en nuestra comunidad. Además, nuestra vida debe ser sobria, carente de comodidades, lujos y privilegiopropios de una civilización corrompida por la tecnología y los medios de comunicación, que convierten a dichas personas en un rebaño sin criterio que sigue las directrices de unos pocos que cuentan con todo el poder. Así lo dice la Ordnung, la ley suprema que nos une a todos nosotros, a todos los Amish. De repente, la nostalgia me invade, haciéndome echar de menos algo a lo que aún no he dicho adiós. Me consuela saber que este adiós será por tiempo limitado, tras el cual todo volverá a la normalidad. Armándome de un valor que no existe, salgo de mi habitación siendo plenamente consciente de que una vez que cruce el umbral de la puerta, todo cambiará. Será el principio del fin; el fin a la seguridad y la tranquilidad de la comunidad que introduce el principio de una nueva vida llena de incertidumbre y, aunque me cueste reconocerlo, llena de miedo.
En silencio, mi familia y yo nos dirigimos a la plaza, el centro neurálgico de la comunidad. A medida que vamos avanzando, las figuras de mis vecinos se suceden en sus distintos puestos de trabajo, multiplicándose poco a poco. Es la primera vez que me fijo tanto en sus rostros y su anatomía, tan cansados y desgastados por el exceso de trabajo que asusta. La mayoría de ellos no superan los 35 años, pero su eficiencia se ha visto mermada por las largas jornadas a las que están expuestos. Obvio un poco esta situación con el consuelo banal de pensar que lo hacen por y para el beneficio de todos los que formamos parte de la comunidad. A pesar de que mi madre intenta hacerme sentir tranquila y cómoda, las miradas inquisidoras de mi padre me provocan un sudor frío por todo el cuerpo. Sé perfectamente qué es lo que quiere transmitir con ellas. Sus amenazas llegan a mí y se me clavan en lo más profundo sin necesidad de articular palabra, haciéndome saber que no puedo abandonar la comunidad como hizo mi hermano, hace hoy exactamente 12 años. Apenas puedo recordar cómo eran las facciones de su cara, simplemente guardo algunos momentos en los que jugábamos juntos, donde dejaba ver su personalidad completamente rebelde, competitiva e independiente. Sin duda alguna, si abandonase la comunidad, sería una deshonra para mi padre y para toda mi familia, además de un peligro para mi propia integridad. A aquellos que abandonan se les llama desertores, y están en busca y captura por las fuerzas más importantes de la ciudad: los generales. Ellos lo controlan todo. Son los encargados de mantener a la comunidad unida, por lo que cuando alguien abandona, debe ser perseguido, pues se cree que se ha aprovechado durante toda su vida como miembro Amish de los beneficios que la comunidad le ha ofrecido. Cuando llegamos a la plaza, la ceremonia ya ha comenzado. Intento distinguir caras conocidas entre la multitud, pero no lo consigo, lo que hace que mi miedo aumente aún más al tener que enfrentarme a esta experiencia sola. Los gritos de júbilo se suceden entre los allí presentes, lo que hace que mi expresión se torne cada vez más perpleja al no comprender el por qué hay tanta felicidad a sabiendas de que estamos a punto de salir de la comunidad por un periodo de tiempo aún sin determinar. Una vez que llega el General Mayor, todo el mundo calla. Suelta un par de líneas sin sentido a modo de discurso insustancial al que no presto mucha atención. Un golpe de mi padre en el hombro es lo que me hace espabilar y retomar el hilo de sus palabras:
-Ahora que todos habéis cumplido 16 años, queda inaugurado vuestro Rumspringa. Vais a ser capaces de conocer cómo se vive en lo ajeno a nuestra comunidad, pues queremos comprobar si habéis alcanzado el punto álgido de vuestra madurez. En la comunidad creemos que estáis lo suficientemente preparados como para salir bien parados de esta pequeña prueba en la que estaréis en pleno contacto con todo lo que creemos que corrompe al ser humano: lujos, vicio, comodidades y otros innumerables placeres. Tras él, decidiremos qué trabajo os será asignado para contribuir al mejor funcionamiento de nuestro hogar, teniendo en cuenta si habéis sido capaces de evitar la caída en las tentaciones que os aparecerán en el camino. Dicho esto, disfrutad de vuestro tiempo en contacto con la civilización. Éste siempre será vuestro hogar; estaremos esperando vuestro regreso con los brazos bien abiertos.
Sus palabras suenan igual de frías que el abrazo que me da mi padre al despedirse de mí. Justamente antes de subir al carro que nos llevará a la ciudad, mi madre me para en seco, me aparta un poco de la multitud y me entrega algo de dinero para poder desenvolverme bien y un pequeño colgante de esparto hecho por ella misma. Cuando le pregunto, evade el darme una respuesta.
-Confía en mí. Guárdalo y cuídalo como si fuese tu último aliento de vida. Y sobre todo y más importante, no te lo quites nunca. Lo vas a necesitar.
Me da un último abrazo y me ayuda a subir en el carro. Sus palabras resuenan en mi cabeza y me martillean constantemente durante todo el viaje. Intento buscarles un significado, pero no lo consigo. Supongo que aún tengo tiempo de encontrarlo; nos espera un largo y duro trayecto hasta llegar a Filadelfia (513 kilómetros desde Cranberry, distrito en el que se encuentra nuestro grupo, para ser más exactos). Durante el viaje, entablo algo de conversación con otra chica cuyo rostro muestra la misma expresión de pavor que tenía mi madre cuando me vio subir en este carro, lo que me provoca una sensación extremadamente familiar y me hace sentir un poco más cómoda, permitiéndome así evadir momentáneamente los pensamientos tan destructivos que se agolpan en mi cabeza y pelean por salir a la superficie. Es una muchacha de baja estatura, pelo corto y rubio, sumamente risueña. Su nombre es Celia, y, a pesar de sus intentos para mantenernos a flote y evitar que ambas nos derrumbemos, creo que si tengo que permanecer por mucho más tiempo encerrada en esta caja de madera vieja que comienza a pudrirse acabaré perdiendo la poca cordura que me queda. El tenernos a todos aquí hacinados provoca que la calidad del aire vaya empeorando. Los olores se mezclan entre sí, al igual que lo hacen las voces. De repente, empiezo a sentirme desorientada, mareada, así que me dejo llevar y acabo cayendo en un sueño muy profundo. En él, aparece la figura de mi hermano, aún sin rostro. Ambos entablamos una carrera hacia el porche de nuestra casa para recibir a nuestro padre tras una larga jornada de trabajo. Antes de que podamos fundirnos en un fuerte abrazo con él, los generales lo frenan en seco y lo tiran al suelo. Mi hermano intenta abalanzarse sobre ellos, pero mi madre lo detiene y nos protege a ambos tras su espalda. Los gritos y los golpes se suceden, y en ese momento me despierto. No estoy segura de si ha sido una pesadilla o más bien un recuerdo que permanecía oculto por la conmoción de las imágenes.
- ¡Eh, espabila! Estamos a punto de llegar a Filadelfia. Tan sólo nos quedan 10 minutos. ¿Qué es lo primero que vas a hacer al bajar? – me pregunta Celia mientras me zarandea efusivamente para que termine de despejarme.
- Creo que buscaré algún sitio en el que poder pasar la noche y algo de comida – contesto, sin estar muy segura de mi respuesta, ya que ni siquiera me había parado a pensar en ello.
- Voy contigo.
Le sonrío y le asiento como muestra de aprobación, tras lo cual se le iluminan los ojos. Creo que a ambas nos hará falta algo de compañía en estos momentos.
Bajamos del carro y nuestras miradas van dirigidas en unísono al cielo, intentando averiguar dónde se sitúa el fin de los edificios tan altos que cubren toda la ciudad. Perplejos, nos vamos dispersando unos de otros. Aún incapaz de salir de su asombro, Celia me pregunta:
-Bueno, ¿ahora qué? – el miedo vuelve a apoderarse de ella, así que tengo que tomar las riendas de la situación. Tengo claro que el apoyo que me puede brindar en estas circunstancias puede ser determinante para no desistir, así que, al igual que hizo ella conmigo durante el viaje, intento calmarla.
- ¿Tienes hambre? – asiente con la cabeza – Ven, vamos a buscar algún sitio en el que podamos comprar algo de comida; más tarde veremos donde podemos pasar la noche.
Entramos a un establecimiento enorme, lleno de baldas repletas de comida. En la comunidad, para poder obtener comida debemos esperar al sábado, día en el que los agricultores muestran los productos de sus cosechas en la plaza. Cada familia tiene asignados cierta cantidad de productos, la cual no puede excederse. Aquí todo es diferente: la gente tiene la libertad total de comprar cualquier cosa que desee, sin cantidades preestablecidas ni límites de ningún tipo. Acabamos decantándonos por un par de manzanas y algo de pan por el módico precio de 1 dólar. Salimos del establecimiento. El combustible de los automóviles, la gente corriendo de un lado para otro, las luces y el ruido que envuelve la ciudad es completamente atrayente, pero cuanto menos aturdidor. No nos deja pensar con claridad, así que, cuando encontramos un pequeño callejón donde todo parece algo más tranquilo, nos introducimos en él. Mientras comemos y pensamos qué será lo siguiente, vemos como alguien sale de la puerta trasera de un establecimiento a fumar. Es un muchacho de no más de 20 años de edad. No le presto mucha atención, pues su apariencia es la de otro filadelfiano más: atuendo desaliñado pero sencillo, compuesto por una camiseta y unos vaqueros, pelo despeinado, aire misterioso, pero con una sonrisa cálida y cercana.
-Oye Lena, ¿y ese colgante? Es muy peculiar.
-Me lo dio mi madre justo antes de partir.
Me saco el colgante del cuello y se lo doy a Celia para que pueda verlo más de cerca, cuando de repente veo como el muchacho se acerca hacia nosotras a pasos agigantados. Le quita de un tirón el colgante de las manos a mi compañera de viaje y lo observa, mientras me mira. Es raro, pues es la primera vez que no soy capaz de distinguir qué es lo que quieren decir sus ojos. No son inexpresivos, pero tampoco los llego a comprender. Intento arrebatarle lo que es mío, sobresaltada, pero, para mi sorpresa, me lo entrega sin mostrar resistencia y se esfuma rápidamente, haciendo una mueca y frunciendo las cejas. Celia empieza a reírse para restarle seriedad al asunto.
-Creo que ya podemos inaugurar la lista de ``anécdotas extrañas que nos han ocurrido en Filadelfia´´, ¿tú como lo ves? – me río con ella, pero en el fondo sé que esto es algo más que una simple anécdota y que ese chico intentaba decirme algo. Supongo que siempre me quedaré con la duda.
Esa misma noche, encontramos un hostal muy barato en el que dormir. Es todo sumamente extraño. Las velas y las lámparas de aceite se han visto sustituidas por bombillas, y, a diferencia de casa, el agua no está almacenada en barriles, sino que circula a través de un alcantarillado hacia una serie de grifos colocados por el baño. Sin duda, todos estos lujos harían nuestra vida más cómoda, pero no puedo desenfocar la vista de mi objetivo: superar esta prueba con creces para conseguir ser alguien de provecho en la comunidad.
En los siguientes días, mi objetivo se va difuminando cada vez más: he usado el transporte público, los electrodomésticos del hostal, incluso he encendido la televisión y he ojeado las emisiones de forma superficial.No sé si echo de menos o no la comunidad. Siento que me estoy dejando llevar demasiado, pero la sensación que otorga la palabra libertad me provoca un sabor agridulce que estoy exprimiendo al máximo dentro de los límites de mi responsabilidad. De repente, Celia entra a mi habitación para invitarme a salir con unas chicas que ha conocido recientemente. La mirada inquisidora de mi padre aparece en mi memoria, pero acepto la invitación aún con recelo, con el pretexto de tener que proteger a mi amiga. Al llegar al lugar de encuentro, se presentan. Sin duda todas ellas parecen chicas sumamente simpáticas y agradables, pero no me abro demasiado. Mi instinto me hace saber que aún no estoy totalmente acostumbrada a este ritmo de vida tan desenfrenado, ni creo que quiera hacerlo, pues sé que tarde o temprano tendré que volver a la cotidianeidad. Entramos a una discoteca gigantesca. Celia y el resto de chicas parecen estar disfrutando de la noche. Se dejan llevar por el ritmo de la música e incluso aceptan sustancias de todo tipo. El olor a alcohol y sudor crea una atmósfera húmeda, casi irrespirable. Intento detener a Celia, pero ha perdido el autocontrol por completo y, llegados a este punto, creo que es ella la única que puede salvarse a sí misma. Una vez que estoy decidida a irme, me giro hacia la puerta y lo veo. Ahí está de nuevo. Es el chico de la mirada inexpresiva, observándome fijamente como si intentase leer cada sílaba de mi pensamiento. Me hace un gesto con la cabeza para que salgamos fuera. Él lo hace primero. Le sigo, confiada, con una actitud serena y tranquila que me sorprende gratamente.
-He estado esperando este momento muchos años, Lena. ¿No vas a decirme nada?
Con la voz entrecortada y el corazón en un puño, consigo articular palabra
-Creo que no nos conocemos. Te has confundido de persona, lo siento mucho.
Doy media vuelta para irme, pero el muchacho desconocido de mirada inexpresiva me agarra rápidamente de la muñeca y posa sobre mi mano un objeto de tacto similar a mi colgante de esparto. Sin atreverme a mirarlo, palpo su forma y descubro que es muy similar al que llevo en el cuello, prácticamente idéntico.
- ¿Aaron? – Balbuceo, sin saber si espero una negativa a la pregunta.
-Entiendo que no me reconozcas, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi. Tenías 4 años. Aún conservas la misma cara de pícara y tus mejillas sonrojadas. Sé que probablemente no quieras saber nada de mí, y lo entiendo. Pero tengo algo que contarte, y es importante que me escuches con atención. Mamá nos dio ese colgante para que nos reconociésemos una vez llegados a este punto. También me dio esta carta cuando comenzó mi Rumspringa. En ella me explica toda la realidad de la comunidad, Lena. Y mi objetivo ahora no es volver a esa cárcel a la que llamas casa, sino salvarte de la condena de que tengas que pasar ahí dentro el resto de tus días.
- ¿Por qué abandonaste? ¿Por qué nos abandonaste a papá, a mamá y a mí?
-La comunidad no es lo que parece. No es todo tan idílico como los generales nos hacen creer. Nos utilizan como simple mano de obra. Nos hacen creer que la igualdad es posible, que todos somos iguales en recursos y oportunidades allí dentro, pero nada más lejos de la realidad. ¿Recuerdas cuando éramos pequeños y los generales apalearon a papá delante de nuestros propios ojos? Dime, ¿lo recuerdas? – asiento, recordando el sueño que tuve en el trayecto a Filadelfia. – pues bien, la razón de que esto ocurriese fue el descubrimiento de toda la verdad gracias a papá. Todo fue un accidente, él no quería atentar contra la comunidad, pero desde entonces, le obligan a trabajar el doble y las amenazas le llegan constantemente. Por eso defiende tanto el funcionamiento de nuestro grupo. Y por eso mamá quería salvarnos de él. Utilizan esta prueba para ver qué mentes son las más fieles al régimen y cuales tienen una personalidad mucho más rebelde y caótica, como es la nuestra, para darles trabajos mucho más forzosos y mantenerlos siempre bajo su mando. Ten, aquí tienes la carta, por si quieres leerlo con tus propios ojos y crees algo más lo que te estoy diciendo si procede de puño y letra de mamá.
Mientras leo la carta, mi hermano intenta convencerme de que huya con él. Estoy tan confusa y tan perdida ahora mismo que no soy capaz de darle una respuesta. Reconozco el colgante, reconozco la letra de mi madre en la carta, pero toda esta información me viene tan de repente que no sé si debo fiarme. Me tiende la mano para que huya con él. Yo, una desertora. Pienso en mi familia.
-Ellos ya no tienen la oportunidad de salvarse. Están condenados a vivir en una esclavitud camuflada bajo un disfraz de igualdad y equidad. Nosotros aún estamos a tiempo.
Me tiende la mano para salir corriendo, juntos. Justo cuando las puntas de mis dedos rozan las yemas de los suyos, oímos gritos y pisadas.
- ¡Está ahí! ¡Cogedlo! ¡Coged también a la niña!
Antes de que podamos reaccionar, numerosos generales nos acorralan, nos atrapan y nos esposan. Nos meten en un automóvil sumamente lujoso. Mi hermano intenta resistirse, por lo que uno de ellos le propina un golpe en la sien con la culata de su rifle. Cae redondo en el suelo. En cuestión de milésimas de segundo, por fin comprendo qué es lo que quería decir su mirada. Me avisaba del peligro desde un primer momento. Un sentimiento de culpabilidad me invade. Un general me interroga mientras otro conduce hacia un destino indeterminado.
- ¿Tienes algo que decir en tu defensa?
-Ojalá hubiese podido leer su mirada. Y ojalá tu a partir de ahora no dejes de leer la de los cientos de vidas que lleváis a vuestras espaldas, víctimas de la tiranía y la esclavitud que les proporcionáis a vuestro pueblo. Decís amar a vuestros vecinos bajo las falacias de rechazo hacia el egoísmo. Dime, ¿qué es lo que se siente cuando te das cuenta de que actuar bajo las directrices de lo que rechazas no te convierte en más que un hipócrita?
Los ojos del general parecen inyectados de ira. Sus venas se dilatan y me propina un golpe en la sien con la mayor fuerza posible. Después de eso, todo se vuelve oscuro y reina el silencio, haciendo que mi mirada se apague, quién sabe por cuánto tiempo.



jueves, 2 de mayo de 2019

VII CONCURSO DE FOTOLECTURAS. CURSO 2018/2019

Ya tenemos los ganadores del Concurso de Fotolecturas que se celebra en el IES Padre Poveda con motivo de la celebración del Día del Libro.

CRISTINA GARCÍA HERNÁNDEZ. 1ºESO C.


El jurado destaca de esta foto su fusión con el paisaje y con la luz, así como si el libro estuviera suspendido en el aire y tuviera vida por sí solo, invitándonos a volar con él.

DIANA SELENE GARCÍA GARCÍA. 4ºESO B

La foto de Diana nos invita a pensar hasta qué punto la literatura y las historias o las emociones que se desprenden de ella, son capaces de contagiarnos y afectarnos.

ALEJANDRO BUENDÍA MARTÍNEZ. 1º BACHILLERATO B.


En palabras del propio autor de la imagen: "Se trata de la comparación de la mente de un jugador, cabeza vacía frente a la cabeza de un lector, llena de imaginación y de sueños.


Enhorabuena a todos los ganadores y muchas felicidades también a todos los participantes que este año han sido muchos.

domingo, 28 de mayo de 2017

PATRICIA DE HARO 3ºESO B. GANADORA DE NUESTRO VII CERTAMEN DE NARRATIVA


Patricia De Haro, alumna de 3ºB gana el VII Certamen de Narrativa que el IES Padre Poveda convoca cada año para celebrar la Feria del Libro.Enhorabuena y muchísimas felicidades. Os dejo su cuento para que podáis leerlo.

LA ERA DE LOS ALEJANDRÍAS

La tenue luz del amanecer comienza a colarse por las rendijas de la persiana, y el suave cantar de los gorriones hace que me despierte. Miro el reloj que hay encima de mi cómoda, y veo que aún quedan un par de minutos antes de que mi hermano entre a despertarme con su amplia sonrisa y su buen humor. Aprovecho esos minutos para mirar al techo e imaginarme viviendo en un lugar diferente, en unas condiciones diferentes, en un mundo diferente. Una lástima que tan sólo sea una fantasía que nunca vaya poder cumplir. De repente, oigo el chasquido característico de la cerradura de la puerta vieja de mi habitación y me hago la dormida. Mi hermano se abalanza sobre mí y empieza a hacerme cosquillas y a reírse a carcajadas. Por muy difícil que sea nuestra situación, cuando estoy con él se me olvida todo por lo que tenemos que pasar día a día y, por un efímero pero agradable espacio de tiempo, llego a creer que estamos viviendo realmente en ese mundo por el que mi imaginación suele vagar.
-¡Vamos, Aledis, despierta! ¡Hoy tengo el presentimiento de que va a ocurrir algo que cambiará nuestra vida para siempre!
-No seas ingenuo, Nil. Siempre dices lo mismo y nunca pasa nada. ¿No crees que es buen momento para dejar de auto engañarnos y aceptar que el Régimen de nuestro país siempre va a desfavorecer a los inmigrantes como nosotros?
-Venga ya, no seas tan negativa bichito, esta vez pasará. Y si no sucede hoy, sucederá mañana, pero algo cambiará. Confía en mí.
No puedo evitar sonreír. A pesar de ser mayor que yo, tiene esa vitalidad implícita siempre presente. Es despierto, cariñoso y atento a todo lo que le rodea; totalmente diferente a mí. Me dirijo al pequeño cuarto de baño y me miro en el espejo. No puedo evitar fijarme en que mis ojos están adoptando un tono violáceo, casi púrpura. Cuando nací tenía los ojos de un azul frío y profundo, pero a medida que fui creciendo fueron oscureciendo, hasta que esta mañana han cambiado completamente de color. Decido restarle importancia; ``será el reflejo de la luz´´- pienso, y empiezo a prepararme. Me recojo la larga melena color azabache en una coleta y me visto con el uniforme del instituto. En cuanto voy a la cocina a por la mochila, mi hermano me mira con una expresión compungida.
-Lo siento, Aledis. Esta mañana tampoco he podido traer nada para desayunar… el salario que gano en las minas no es suficiente. De verdad, yo…
-No te preocupes, Nil. Puedo sobrevivir perfectamente sin desayunar una mañana. Nos vemos luego, ¿vale?
En ese momento, frunce el ceño y se acerca poco a poco fijándose en mis ojos. Antes de que pueda preguntar, me despido rápidamente con un beso en la mejilla.
Salgo rumbo al instituto y no puedo evitar fijarme en cómo las calles de nuestro Sector están atestadas de guardias armados hasta las cejas. Sus miradas se posan en mí, me intimidan y un sudor frío recorre mi espalda: saben que provengo de familia sudamericana. Mis rasgos y mi tono de piel distan mucho de parecerse a la raza aria que ahora habita en todo el Norte del continente americano. Al menos, mi hermano y yo conseguimos unas cédulas falsas antes de acabar en el mismo destino de nuestros padres: repatriados. Es irónico consolarme con que no volveré a ver a las personas que me dieron la vida, pero, a pesar de que suene egoísta, quiero seguir viva.
Después de varias horas de clase (o, como a Nil y a mí nos gusta llamarlas, adoctrinamiento de cerebros a favor del Régimen) vuelvo a casa. Mi hermano esta vez no tiene esa chispa en su mirada. Algo sucede.
-¿Nil? ¿Estás bien?
-Eh… esto… ¡sí, claro! Me has pillado absorto en mis pensamientos. He conseguido algo de sopa, aun que esta fría. Al menos asentará el estómago, ¿no?
-Claro.- le sonrío haciéndole creer que me he tragado su excusa, pero a pesar de no haberlo hecho, decido no indagar más en el asunto.
Para romper el silencio que nos rodea, enciendo la radio vieja que encontré en la calle. Al principio, me resulta complicado localizar una emisora estable, pero cuando lo consigo, tampoco ponen nada que me alegre escuchar.
-Otra vez más noticias sobre el Gobierno. ¡Parece que no se cansan de soltar mentiras nunca!
-¡Espera, calla!- me espeta Nil.- Súbele el volumen, Aledis, esto parece importante.
Hago caso a lo que me pide, y empezamos a escuchar con atención:
``COMUNICADO A TODOS LOS CIUDADANOS DEL SECTOR 3: Se ha detectado recientemente una epidemia extraña, totalmente desconocida. Está afectado a jóvenes de entre 15 y 19 años. El principal síntoma característico es el cambio en el color de los ojos, que empiezan a volverse violetas. Rogamos a todos los infectados que acudan urgentemente a la Sede Central en el Sector 1 por voluntad propia. De lo contrario, una patrulla pasará revisando vivienda por vivienda, debido al alto riesgo de contagio. Les agradecemos su colaboración.´´
En ese preciso instante, miro a mi hermano, que está completamente pálido. Corre despavorido hacia mi habitación y veo como empieza a empaquetar mis cosas y a poner mi ropa hecho un auténtico caos.
-¡Nil! ¿Se puede saber qué mosca te ha picado? ¿Qué narices haces empaquetando mis cosas? ¡Para, esto no tiene ningún sentido!
Se acerca lentamente a mí con un gesto de preocupación. Empiezo a asustarme. Deja la mochila en el suelo y me coge las manos. Están frías y tiembla como nunca antes lo había hecho.
-Escúchame atentamente, Aledis. Esto es serio. Seré breve,  no tenemos mucho tiempo. Esto no es una epidemia, esto es diferente. Lo llaman síndrome de Alejandría, y es una condición genética muy extraña que se da en muy pocas personas. Mamá lo tenía, pero nuestros padres no sabían si en alguno de los dos llegaría a manifestarse alguna vez. Esta extraña condición hace que el ADN de las personas se perfeccione hasta tal punto en el que llegan a ser seres completamente idealizados: son personas bellas, ágiles, astutas, valientes y rebeldes, tal como tú eres. De hecho, llegan a vivir mucho más de lo que una persona con un ADN normal podría hacerlo, alcanzando los 150 años de vida o incluso más. No sé para qué quiere juntar el Gobierno a la gente con el síndrome, pero tengo la certeza de que es una trampa. Tienes que huir, Aledis, y tienes que hacerlo ahora.
De pronto, unos golpes muy estridentes suenan en toda la casa.
-¡ABRAN A LAS AUTORIDADES O DERRIBAREMOS LA PUERTA!
-Es ahora o nunca.- me dice mi hermano.
Me despido de él con un corto abrazo y salgo por la puerta trasera. Echo a correr como nunca antes lo había hecho. A mis espaldas, oigo las  voces de los guardias diciendo que me detenga, pero yo sigo corriendo. El aire me da de pleno en la cara y se me alborota el pelo, pero eso no importa. Noto como mi respiración se entrecorta y las piernas se me entumecen, pero aun así no paro. A pesar de esto, oigo los pasos de los guardias cada vez más cerca. No puedo rendirme, ahora no. Giro a la izquierda en un callejón, y corro hasta el final de este. Por desgracia, es un callejón sin salida. Me giro y veo a un guardia alto y corpulento postrado en frente mía. Me asesta un golpe en la sien con la culata de su pistola y, después, sólo hay oscuridad y silencio.
Empiezo a notar un dolor punzante en toda la cabeza, parece que me va a estallar cual bomba de relojería en cualquier momento. Me rozo delicadamente y veo que estoy sangrando. Me encuentro totalmente desubicada. No sé donde estoy, ni que ha pasado, ni hacia donde me dirijo. Empiezo a recordar imágenes esporádicas, y poco a poco comienzo a atar cabos. Aun aturdida, me incorporo y observo a mí alrededor. Estoy en la parte trasera de lo que parece ser un camión militar, y el fusil del guardia que me golpeó en la cabeza ahora apunta directamente en mi dirección.
-Estate quieta si no quieres llevarte un balazo.
-¿Hacia dónde me lleváis? ¿Qué pretendéis hacer conmigo? ¿Y mi hermano?
-Demasiadas preguntas, belleza. Por ahora solo debes saber que estamos de camino hacia la Sede Central. No puedo decirte más; el resto de cosas son irrelevantes.
Opto por hacer lo más sensato: mantener la calma. A pesar de que la verdadera Aledis se habría lanzado directamente hacia él, decido actuar con cautela. Empiezo a pensar en Nil, y no puedo evitar rememorar lo que me dijo esta mañana. Recuerdo su rostro, tan impecable y sonriente como de costumbre, diciéndome que hoy pasaría algo que cambiaría nuestras vidas para siempre. ``Parece ser que no te equivocabas, Nil. Maldita sea, ¿por qué siempre tienes que llevar la razón en todo?´´. La idea de que no volveré a verlo nunca más se materializa en mis pensamientos. Se me rompe el corazón en mil pedazos,  le necesito como nunca he necesitado a nadie. Nunca me he permitido el lujo de llorar, he preferido mantener la coraza de chica fuerte, pero ahora necesito hacerlo para desahogarme. Es una sensación extraña, pero reconfortante. Quizá tenga que hacerlo más a menudo.
Pasan las horas, y una vez que ha anochecido llegamos a la Sede Central. Antes de bajar del camión, el guarda me pone unos grilletes en las muñecas y en los tobillos y, mientras me dirige hacia recepción, me susurra:
-Una pena que una chica tan guapa como tú tenga como destino un final como este, ¿no crees, belleza?
Una oleada de repugnancia me recorre de arriba abajo, pero me recuerdo que debo mantener la calma. ``Ahora no es momento, Aledis. Contrólate´´. El guardia debe de haberse percatado de la expresión de asco que ha emanado en mí, por que empieza a reírse discretamente.
Acto seguido, me conduce a una sala muy amplia y luminosa de paredes blancas, en la que sólo hay una camilla y una mesa de operaciones plagada de instrumentos quirúrgicos en el centro. Me obliga a tumbarme en la camilla.
-Espera hasta que llegue la enfermera. No intentes huir, la puerta y las paredes están blindadas; no tienes escapatoria.
En cuanto el guardia sale por la puerta, me pongo en pie de un salto. Era de esperar que no siguiese sus indicaciones. Mi atención es captada por un documento que hay encima de la mesa de operaciones. ``EXPEDIENTE Nº 5692´´. Siempre he sido una persona muy curiosa así que, ya que no tengo nada que perder, lo abro y lo leo detenidamente. En él aparece mi grupo sanguíneo, mi huella dactilar, mi historial médico… Me parece muy extraño que el Gobierno posea toda esta información sobre mí, cuando nunca he usado ninguno de los servicios públicos que ofrece exceptuando el instituto. ¿Cuánto tiempo llevan siguiéndome la pista? ¿Qué es lo que tengo que tanto les llama la atención? De pronto, una mujer entra a la habitación. Doy un respingo sobresaltado
-Tranquila. No voy a hacerte daño. Mi nombre es Calíope. Necesito hacerte un reconocimiento en líneas generales para asegurarme de que tus constantes vitales están en buenas condiciones, así que por favor no te muevas.
Me extrae un poco de sangre gracias a una incisión en el dedo índice. Acto seguido, me hace un par de pruebas varias, y después me envía con el guarda de nuevo. Me lleva a un calabozo oscuro, totalmente aislado. Me dejo caer en la pared, exhausta. Ha sido un día largo lleno de emociones, ¿Quién sabe si el último?
Cuando estoy a punto de dormirme, una voz grave y tensa me despierta.
-Eres nueva, por lo que parece.
-¿Quién eres?
-Oh, vaya, se me ha olvidado presentarme, que maleducado. Mi nombre es Kilian, y, al igual que tú, también tengo el síndrome de Alejandría. Vengo del Sector 7. Tú y yo somos los únicos que poseemos el síndrome. Supongo que querrás información, ¿no?
-Si estás dispuesto a ofrecérmela, no te la rechazaré.
-Me lo suponía. Bien: te doy la bienvenida a tu nueva vida como rata de laboratorio. Aquí te harán todo tipo de pruebas hasta que tengan lo que buscan: tu ADN. Podrán extraértelo de mil maneras y, una vez que lo hayan hecho, te matarán. ¿No suena genial? Yo, en tu lugar, estaría tremendamente emocionada.
No sé por qué, pero el tono burlesco e irónico con el que habla me hace querer escucharlo mucho más.
-Casi no puedo sostenerme en pie de la emoción. Y, ¿para qué dices que quieren nuestro ADN?
-¿No es elemental, querida…?
-Aledis, me llamo Aledis.
-¿No es elemental, querida Aledis? Quieren crear una raza con una información genética perfecta para controlarlo todo. Pero tú y yo no se lo vamos a permitir, ¿cierto?
El tono de perspicacia con el que se dirige a mi me hace desconfiar un poco, pero, como bien dicen, el ser humano en las situaciones de peligro, hace todo lo posible por sobrevivir. Y yo no voy a ser menos.
-¿Tienes algún plan?- le pregunto, con un tono dudoso.
-Llevo ideando un plan para escapar desde el primer día que entré en la Sede, pero me hacía falta un compañero. Bueno, en este caso compañera.
Me guiña un ojo y empieza a explicarme el plan detenidamente. Cuando finaliza, me siento con más fuerza que nunca. No sé si es el carisma de Kilian o las ansias por saber de Nil, pero no permitiré que el Gobierno nos arrebate lo único que es nuestro: la vida.
A la mañana siguiente, Calíope aparece en nuestra celda. Estoy completamente atónita. ¿Por qué iba a ayudarnos a Kilian y a mí a escapar de la Sede?  La supuesta enfermera me guiña un ojo y veo como el tono café de sus ojos ha sido sustituido por un tono violeta muy parecido al de Kilian. ‘’Lentillas. ¿Así es como has ocultado el Síndrome, eh? Muy lista, Calíope’’- pienso. Nos da 2 chalecos antibalas y 2 rifles cargados hasta la recámara. Nos presta tarjetas de identificación para así desactivar los controles, y corremos despavoridos planta abajo. Por desgracia, el único guardia que se da cuenta de nuestra huida es el mismo guardia que me asestó el golpe en la cabeza. Empieza a correr tras nosotros mientras grita a Calíope.
-¡Traidora! ¡Impostora! ¡No debiste traicionar al Régimen! ¡Pagarás por ello!
Cada vez la salida está más cerca a nosotros, y cuando veo que es una buena oportunidad, me paro en seco. Kilian y Calíope siguen corriendo, pero yo tengo una deuda pendiente. Empiezo a pensar en que si el guarda no nos ha disparado antes, es porque está desarmado. Si hubiese tenido oportunidad de hacerlo, lo habría hecho, ya que es agresivo e impulsivo así que, aprovechando que no puede hacer nada para tomar represalias contra mí, le pego un tiro en la pierna izquierda para desestabilizarle. Cae al suelo, agonizando de dolor y, después de propinarle un golpe con la culata del revólver al igual que él hizo, le digo:
-Yo no soy ninguna ‘’belleza’’. Aprende a medir tus palabras.
Acto seguido, corro con Kilian y Calíope hacia un coche que hay en la puerta de la Sede, conducido por Nil. Una oleada de felicidad y entusiasmo me recorre el cuerpo. Me da un abrazo tan grande que me desestructura todos los huesos de mi cuerpo, pero eso no importa. Lo necesitaba.
-Eh, vosotros dos, dejad eso para luego. Tenemos algo más importante con lo que lidiar ahora mismo- dice Calíope.
La enfermera (¿o debería llamarla infiltrada?) está en lo cierto, así que partimos sin rumbo, esperando ver que nos deparará la vida.
Quizá este sea el comienzo de ese nuevo mundo con el que he soñado siempre. Quizá este sea el principio de algo nuevo.
No lo sé, no quiero saberlo. Quiero vivir y quiero vengar todas las atrocidades que está cometiendo el Régimen.
Empieza una nueva era.
La era de los Alejandrías.




viernes, 21 de abril de 2017

LA BIBLIOTECA MUNICIPAL DE GUADIX ORGANIZA UN CONCURSO DE CUENTOS PARA CELEBRAR EL DÍA DEL LIBRO Y GANAN EN SUS RESPECTIVAS CATEGORÍAS DOS DE MIS ALUMNAS.


Os presento a Nerea (3º ESO) y a María Tapias (1º Bachillerato), ambas ganadoras del CONCURSO DE RELATO PARA LA ESO y del CERTAMEN DE MICRORRELATOS PARA BACHILLERATO, respectivamente. Las dos tuvieron que escribir un cuento con un principio dado:

-Aquella tarde en la que se estropeó la tele...
-Hecha la limpieza general, cerró los ojos y sopló las velas...

Como os cuento, las dos asistieron ayer, día 20 de abril a la fiesta del libro que organizó la Biblioteca Municipal de Guadix. Allí recibieron un diploma acreditativo y un libro.

ENHORABUENA CHICAS!!!!
SEGUID ESCRIBIENDO.
Y NUNCA OS OLVIDÉIS DE LEER.
FELICIDADES!!!!

lunes, 14 de noviembre de 2016

ROMEO Y JULIETA

Es una de las lecturas que hacemos durante el primer trimestre en Literatura Universal. He pedido a mis alumnos que me den su particular visión de esta obra teatral a través de una imagen, donde ellos mismos sean los protagonistas. Este ha sido el resultado. Estoy muy sorprendida. Sé que ha sido difícil pero os han quedado perfectas. Gracias por participar y por ser Romeos y Julietas por un día.

AINARA



CARMEN CIFCI





DIANA



MARIA JOSÉ



NOELIA


PABLO


SILVIA CASADO Y LOURDES NAVARRO


SILVIA MATEO


VALERIA



PASCUAL Y FRANCISCO JAVIER


NORAH MONTESINOS


MARÍA TAPIAS


ANTONIO LEYVA


viernes, 21 de octubre de 2016

CHARLA SOBRE POESÍA EN LA BIBLIOTECA MUNICIPAL

Los alumnos de 1º de Bachillerato del IES Padre Poveda (Literatura Universal) han asistido a la charla sobre poesía que la escritora Josefina Martos Peregrín ha dado en la Biblioteca Municipal. Cuestiones sobre qué es poesía, la importancia de la lectura, la necesidad de expresar por escrito lo que sentimos, dónde se encuentra la inspiración...han dado lugar a una conversación amena y distendida aderezada en todo momento con poemas escritos por la autora. Preguntas, respuestas, sonrisas y versos resumen este tiempo que hoy, viernes 21 de octubre hemos pasado fuera del instituto.
Gracias a Josefina Martos, por su amabilidad y por su predisposición. Y gracias a Sara, nuestra bibliotecaria, por organizar el acto.











viernes, 14 de octubre de 2016

¿QUÉ ES LEER PARA TI?

                    LEER ES CRECER




Crecer como persona, dependiendo de lo que se lea, que tu vocabulario crezca y tu mente también. 
NORA.

LEER ES ALEGRARSE


Porque la lectura te transporta a lugares increíbles que solo tú puedes imaginar. Te alegra la tarde, te alegra la vida y te ahoga las penas.
LORENA.

LEER ES RECORDAR


Es recordar momentos tristes, alegres, amargos. Pensar en todas esas cosas que has hecho anteriormente. Pensar en tu infancia, en todo lo que te rodeaba. Es recordarlo todo.
NOELIA.

LEER ES VIAJAR


Cuando abres un libro y te introduces en él viajas y conoces nuevos mundos.
PASCUAL.

Cuando leo viajo a los mundos o ciudades que aparecen en el libro. Me veo por esos lugares dentro de la historia.
ANTONIO.

LEER ES VIVIR


Porque leer es vida, es como el oxígeno, imprescindible. Es disfrutar de cada palabra que lees.
CARMEN.


LEER ES SENTIR


Sentirte libre, sentir que estás en un mundo distinto, entender los sentimientos de unos personajes, sentir satisfacción al leer un libro que te ha hecho sentir quién eres tú y por supuesto sentir que no hay nada más que ese mundo. Disfrutar del momento sin importar nada más.
Mª JOSÉ.

Cuando leo me puedo poner en el sentimiento del personaje y me dejo llevar hasta lugares imaginados sin saber lo que me deparará esa lectura.
DIANA.

Sentir los personajes y sus sufrimientos.Ponerte en su lugar, imaginarte a tí en esas circunstancias y lugares.
FRANCISCO JAVIER.

LEER ES IMAGINAR


La lectura nos adentra en un mundo imaginario, nos lleva a otra dimensión
LOURDES IBORRA.

Imaginar mundos mágicos en los que protagoniza historias fantásticas.
MARÍA.

LEER ES PINTAR


Dibujar versos en el alma, novelas en el corazón y obras de teatro en el cuerpo.
PRISCILA.

LEER ES AMAR


Es identificarse con el escritor, amar la lectura, sentirte dentro de la historia y vivir el momento
AINARA.

LEER ES VOLAR 


Es ir volando a otros mundos donde te pierdas y te transformes en otros, donde vivas miles de historias diferentes sin moverte.
LOURDES NAVARRO.

Es estar siempre en una nube. Desconectar de la realidad.
SILVIA MATEO.


LEER ES DIVERTIRTE


Cuando leemos nos divertimos, con lo que ocurre en cada libro, en cada momento. Y todo esto nos engancha a leer más.
SHEILA.

LEER ES APRENDER


Es aprender que puedes vivir más de una vida y que dentro de los libros no solo hay letras, sino historias y personajes parecidos a ti, para ponerte en su lugar y saber cómo viven su vida.
SILVIA CASADO.

Es aprender valores fundamentales para la conducta humana.
            PABLO.
(Que el día de la foto no vino a clase.)


Gracias a todos por vuestras respuestas y por vuestra colaboración



miércoles, 12 de octubre de 2016

DEFINIMOS POESÍA- ALUMNOS DE 1º DE BACHILLERATO C



La poesía es describir un sueño, es algo bonito que tiene la vida y que sirve para expresar sentimientos, es una parte más de este curioso mundo, es un sueño perfecto mientras estás despierto, es disfrutar de la vida expresando todo lo que esconde el alma, es mi mundo de imaginación, es un viaje al olvido, es un camino de rosas, es una composición de sentimientos y emociones que el autor transmite a todos sus lectores, es alimento para mi cerebro, es un sentimiento plasmado en papel, es la emanación de versos pasionales en el cuerpo de un poeta, es el camino que abre tu corazón, es una salida para los sentimientos más profundos, es el barco donde se escapan mis sentimientos, es alegría mientras estás leyendo.

lunes, 23 de mayo de 2016

VI CERTAMEN DE NARRATIVA DEL IES PADRE POVEDA. CURSO 2015/2016

Dos de mis alumnos ganan el VI certamen de narrativa del IES Padre Poveda. Ambos premios pertenecen a la misma modalidad: Categoría B: Segundo Ciclo de Secundaria. En concreto estamos hablando de 3º de la ESO.
FELICIDADES POR VUESTRO PREMIO, POR LA CALIDAD DE  VUESTROS TEXTOS Y POR LA EMOCIÓN QUE SIEMPRE DEPOSITÁIS EN TODO LO QUE HACÉIS.
ENHORABUENA CHICOS!!!!

MARTA GARCÍA QUIRANTE


                                              LA GALENA DE ROMA
 
            Era un día nublado, triste y tenebroso. Los legionarios avanzaban hacia un bosque espeso, infranqueable. La tierra del camino se adhería con una gran facilidad a las sandalias.
Cayo marchaba raudo. Un único objetivo asolaba su mente, el de devastar un poblado íbero. Finalmente, tras varios minutos de recorrido, consiguen llegar al emplazamiento.
            Una espada acompaña a cada uno de los soldados, que emocionados ante la operación que posteriormente realizarán, deseaban ser eficaces, por lo que los escudos, las lanzas y los estandartes romanos  permanecieron en el campamento.
            Ante sus ojos apareció la población. Era un conjunto de moradas amontonadas entre sí.
No había rastro de ningún hombre. Supusieron que estaban realizando otros labores que requerían el adentrarse en otros lugares.
            A los soldados les pareció una buena idea, pues no tendrían que luchar cuerpo a cuerpo con ellos. Además, así se reduciría el número de bajas entre las filas romanas.
Sin más dilación, los legionarios empezaron a segar vidas de mujeres, niños y animales.
Cayo, como buen general que era, ajustició a numerosas personas. Sin embargo, una de ellas tenía adherido, como si sus últimas fuerzas conllevaran algo,  a un bebé de unos pocos meses.
            La mirada y la sonrisa de la criatura ablandó el corazón del oficial y , en vez de ejecutarla, optó por cuidarla. Él no había tenido hijos, su esposa no podía concebir y había matado a la madre de la criatura.
            Finalizada la masacre del pueblo íbero, los soldados romanos retornaron al campamento.
Cayo, emocionado ante la adquisición, decide llevarse junto a él al bebé. Considera que debe  protegerla  pues cree que en Roma una mejor vida le podrá proporcionar.

            Un nuevo día amanece  en Roma. Los rayos del sol se posan en el dorado cabello de Cornelia.
            Hace 17 años que su padre adoptivo la trasladó desde la actual Hispania hasta la capital del Imperio Romano. No se siente decepcionada con él, es más, ni se lo plantea. Es duro perder a los padres biológicos, sin embargo, Cayo le facilita una buena educación. Además de amarla y respetarla.

            Cornelia tiene un sueño, no el establecido por las propias patricias romanas. A ella le encantaría  ejercer el oficio de médico en las legiones. No es camino fácil de recorrer, pues está totalmente prohibido que una mujer lo pudiera llevar a cabo. Pero tenía que honrar el nombre de su familia y no le sobrevenía  una mejor forma de realizarlo. ` ¿Qué  mejor que salvar una vida para sentirme  plena?´, se decía a sí misma.
            Su padre le había enseñado desde muy pequeña que una guerra no sólo se ganaba al vencer al enemigo, sino al ayudar y cuidar a los soldados malheridos.
            Esta noche no había dormido debido a la negativa del Senado. Esta institución se  resistía en  abolir la ley que prohibía  la práctica de la medicina en las mujeres, indistintamente de la elevada posición social que tuvieran. Sin embargo, ella rehusaba darse por vencida. Siempre había sido una niña muy obcecada y testaruda, cuando quería algo no paraba hasta conseguirlo, y este caso no iba a ser menos.
            A pesar de las advertencias de los senadores, que cada vez eran más habituales, Cornelia siguió con su objetivo. Muchos fueron sus mentores, uno de ellos su gran amigo Atilio. Él procedía de la Galia, de una ilustre familia que ejercía la medicina desde tiempos muy remotos. Atilio le   enseñó  todo lo necesario para atender a los legionarios, por ejemplo, cuando una extremidad debía amputarse.
No obstante, el camino para ejercer su amada profesión no fue fácil. Muchos opositores pretendieron atentar contra su vida en numerosas ocasiones. Por ello, decidió continuar sus estudios en Atenas, donde Areteo de Capadocia le adoctrinó.
            Un día, encontrándose Areteo de viaje, el gobernador de Grecia se presentó ante Cornelia, alegando que su esposa se encontraba de parto y ningún médico encontraba el remedio para que la mujer no perdiera más  sangre. Inmediatamente, la protagonista se desplazó hasta el lugar.
Allí, varias personas la recibieron, entre ellas la parturienta. Ésta se encontraba débil, además de enferma. Minutos después, Cornelia apareció con una criatura entre sus brazos. Todos los presentes se asombraron, ¿cómo una fémina pudo asistirla en esas condiciones, en la que se daba por fallecida a la esposa del  cónsul? Muy sencillo. La protagonista empleó numerosas hierbas  para el proceso. A continuación, las infundió y se las dio a beber a la enferma. Tal efecto producían las plantas que, en varios minutos, expulsó al bebé.

Tras el episodio con la mujer, su nombre fue aclamado en las calles de Grecia. Todas las personas deseaban que Cornelia las tratase.  Esta situación no tardó en desaparecer, pues la envidia no es buena compañera. Muchos galenos  se rebelaron contra ella.  Manifestaron que las mujeres estaban inhabilitadas para ejercer la medicina  y que los pacientes de Cornelia se encontraban hechizados por la misma. Por todo ello, la protagonista tuvo que abandonar  su ocupación y dirigirse a Egipto, concretamente a Alejandría.
Su fama traspasó límites. En su estancia en la población egipcia pudo aprender  de  numerosos eruditos.
            Tras una década fuera de su añorada Roma, decide volver.  En esta ciudad, determina completar  su formación, para que finalmente pueda unirse a las legiones. 
De nuevo, la diosa fortuna no se  apiadaba de ella: parte de la población padecía una grave epidemia.  Mientras que las personas con una elevada posición social podían permitirse médicos que contrarrestaran sus  síntomas, los restantes morían. Todos estos injustos hechos Cornelia no podía soportarlos. Por ello, decidió establecer en su propia domus una consulta en el que podía atender a los aquejados. Gracias a su pasión y su amor por la medicina pudo salvar  innumerables vidas. 
Tras finalizar este episodio, y con brillantes hazañas en su historial, decide volver a enfrentarse de nuevo con el Senado.  Éste, tan terco como antaño, decide que la única solución para que Cornelia desaparezca sea  su ingreso en una legión para asistir a los heridos.
            Días  más tarde, la protagonista  marchaba  junto a una legión, la III, a través de un inhóspito sendero. La oscuridad reinaba en el lugar.   De pronto, unas flechas surgieron  de la maleza, alcanzando a varios soldados. Todo esto ocurrió de una forma veloz. Los atacantes, además de abatir, raptaron a los supervivientes, excepto a Cornelia. Ésta se encontraba escondida en un arbusto, por lo que no pudieron localizarla.  A continuación, abandonó su posición. Ante ella apareció una escena que desde entonces todas las noches asola su mente: las cabezas de los legionarios se encontraban ensartadas en unas ramas de árboles y los estandartes romanos  destrozados.
            Varios días después, gracias a su constancia, consiguió acceder al campamento romano.
No fue una bienvenida calurosa, puesto que  era una mujer. Sin embargo, pudo recuperarse  debido a la gran cantidad de comida y vino que le ofrecieron.

Varios años después, en una villa  de Roma...
-¡Ahh! Por Cástor y Pólux. ¡Qué daño!
-Lo siento. Vuestra herida se encuentra en un lugar muy remoto y es imposible curarla sin que la roce.
Cornelia se levantaba. Ya había realizado su labor. Desde ahora, la Fortuna le sonríe. Gracias al tesón de su padre y sus aliados en el Senado, la ley que prohibía el ejercicio de la mujer en la medicina no existe. En la actualidad, es una galena muy importante en la sociedad romana. Ahora, todas las personas, indistintamente de su posición social, la reclaman. Hace unos minutos, había atendido a uno de sus mayores oponentes. Éste incluso había contratado sicarios para finalizar la vida de la muchacha.  Pero Cornelia, muy eficaz en su oficio, para vengarse de él hizo que sus heridas dolieran más.



PABLO LÓPEZ MEDINA


Historia de un pícaro en el s. XXI

Mi nombre es Pedro Carrasco, y nací en un pueblo de Toledo. Era el menor de cuatro hermanos, hijos de Paco Carrasco y Josefina Hurtado, ambos de profesión lecheros.
A los seis años fui por primera vez a la escuela, algo que de agradable tuvo poco para mí. No es que fuera mal estudiante, sencillamente no mostraba interés. Cosas malas me pasaron en la escuela; por suerte, por cada cosa mala me venía una buena: entablé amistad con un chavalico llamado Martín González, originario de una ciudad más al sur, con un nombre difícil de memorizar. Todos mis compañeros eran muy buenencicos y daban coba a los maestros. Yo ni era un diablo ni tampoco un santo, pero a los maestros les sentaba mal que no sintiera admiración hacia sus personas. Martín era todo lo contrario a aquellos mis compañeros. Pensábamos igual y compartíamos aficiones. Aún recuerdo las buenas tardes que pasábamos importunando a un chico llamado Enrique el Bolilla (desconozco el significado de este mote). No era un estudiante brillante, al igual que un servidor; la razón de nuestras burlas era que nos daba rabia su persona (hago este apunte para aclarar que no hacíamos maldades por envidia). Eso sí, el Bolilla no se cruzaba de brazos y nos daba buenas zurras. Al llegar a casa, nuestros padres también nos zurraban por meternos con los demás niños del pueblo.
A los quince años mi padre me puso a trabajar en el campo, donde ya trabajaban mis otros hermanos. Sembrábamos verduras y hortalizas, y elaborábamos cestas y otros objetos con lino o esparto. Todo eso lo vendíamos posteriormente en el mercado.
A Martín tampoco le gustó demasiado su trabajo como carpintero. Éramos inocentes, soñadores, ilusos, y creíamos que sabiendo contar hasta diez o recitando el abecedario llegaríamos muy lejos. Deseosos de hacer algo importante en la vida, nos marchamos del pueblo para no volver más. Decidimos tirar hacia el sur, porque queríamos ver el mar desconocido para nosotros, ya que no conocíamos más mundo que nuestro pueblo. Queríamos ir al sur, pero nuestra inexperiencia en orientación nos condujo a Oropesa. La caridad de las personas es tan grande que ni se molestan en parar sus vehículos al ver a dos jovencillos plantados a un lado de la carretera haciendo señas. Los coches fueron lo más increíble que vimos al irnos de casa. Desde que me alcanza la memoria, nunca había visto ninguno, y la primera vez que pasó delante de mí un coche me emocioné.
En llegando a Oropesa, nos topamos con una feria ambulante a la que decidimos unirnos, ya que teníamos entendido que se dirigía a Granada. Nuestra tarea era muy importante: éramos los chicos encargados de los abrigos. Puede parecer que no tiene tanta relevancia dicha tarea, pero yo puedo demostrar lo contrario: mucha gente bien inocente, o bien descuidada, nos dejaba sus abrigos con carteras llenas de dinero. Nosotros, dos pícaros por naturaleza, minuciosamente registrábamos todos los chaquetones que a nuestro cargo se quedaban. Eso sí, tomábamos precauciones: sólo nos hacíamos con una pequeña parte del botín, para evitar posibles sospechas. Y por supuesto, nuestro jefe no sabía nada de nuestras fechorías. Ese grandísimo avaricioso (más avaricioso y se convierte en rata) nos pagaba nuestras horas de trabajo con unas cuantas monedillas, y lo hacía cuando quería. Podría decirse que Martín y yo nos tomamos la libertad de subirnos el sueldo.
Por desgracia, nada es eterno: un buen día, uno de los visitantes de la feria nos pilló durante una de nuestras faenas. Tal fue el cabreo que pilló el hombre que nos agarró a cada uno de un brazo y nos llevó en volandas hasta la caravana-despacho de nuestro jefe. Nos calificó como “esos dos sinvergüencillas que registraban los abrigos”. El jefe nos echó de la feria y nos abandonó en mitad del campo. Eso sí, tuvo un buen detalle: como aquella tarde estaba refrescando, antes de irse nos dejó bien calentitos. Nos golpeó con todo lo que pilló menos con las manos. Íbamos por el campo que parecíamos dos personajes sacados de un cuadro de Goya. Éste fue el primer palo que nos llevamos, y desde luego no sería el último.
Con el dinerillo que habíamos ganado, decidimos hacer realidad nuestro deseo de ir hacia el sur. Nuestro siguiente destino fue Granada. Es curioso que en estos meses que llevamos fuera de casa hayamos visto más mundo que en toda nuestra vida. Allí en Granada, en las principales calles hay multitud de artistas callejeros, o simplemente gente que pide limosna. Rápidamente entablamos amistad con toda esta gente. Pronto, la falta de dinero pasó factura: la amistad se fue tensando. Martín y yo comprendimos que tendríamos que poner en marcha otro engaño. No fue difícil: de vez en cuando, Martín formaba un escándalo en la calle (por ejemplo, fingía desmayarse). Entre la confusión, yo iba limpiando los ceniceros o sombreros en los que nuestros compañeros de la calle guardaban sus ganancias. Esta vez no era necesario tomar tantas precauciones, ya que era difícil sospechar de dos chavalicos jóvenes e “inexpertos” (ya se sabe el por qué de las comillas) con tanta gente en la calle. El dinero no era problema; la comida, sí.
En la feria, nuestro jefe era el más tacaño del mundo para pagarnos, pero con la alimentación era más generoso: todos los días nos metíamos una buena ración entre pecho y espalda. Aquí era diferente. Pasamos una semana sin nada que llevarnos a la boca, hasta que un día descubrimos la tienda de alimentos precocinados de la señora Rufina. Todos los días íbamos a visitarla, y nos daba algo de comer. << Anda, criaturicas, comed, comed, que en edad de eso estáis >>, decía. Nuestra intención era pagar, pero la buena doña Rufina se negó en rotundo a aceptar nuestras monedillas y nosotros no insistimos demasiado.
Como dije anteriormente, nada es eterno, y esta vez no iba a ser diferente: conocimos a Rodolfo, el marido de Rufina. A este “maravilloso y atento” hombrecillo le atormentaba día y noche la idea de que dos pillos se aprovechasen de su inocentona esposa. Se notaba mucho las ganas que tenía de deshacerse de nosotros, y lo consiguió: un buen día para él y malo para nosotros, ese perro viejo nos pilló en una de nuestras estafas. Como buen pregonero, anunció a voces lo que había descubierto, y nos obligó a huir. Era eso, o acabar calentitos de nuevo.
Con los dinerillos ahorrados, pudimos permitirnos un taxi. Nuestro siguiente destino fue Cabo de Gata. Al fin vimos el mar, que tantas ganas de ver teníamos. En la playa nos fue bastante bien: conseguimos “empleo” (entre comillas porque todos sabían que trabajábamos allí menos el jefe) en un chiringuito de playa. El jefe no es que tuviera pocas luces, lo que pasa es que siempre estaba demasiado ocupado como para fijarse en nosotros. El resto de camareros no nos delataron por dos razones. La primera, porque les hacía mucha gracia nuestro ingenio. La segunda, porque cada dos o tres días nos sentábamos en una de las mesas como clientes, y comíamos a la carta. Pagábamos los servicios de los camareros con nuestros ahorros.
Como no éramos empleados, no recibíamos sueldo. Eso no era problema, porque los clientes nos daban buenas propinas. Esas propinas constituían nuestra principal fuente de ingresos. Teníamos otra fuente más: todas las mañanas recorríamos la playa en busca de conchas y piedras bonitas, y luego elaborábamos baratijas (collares, pulseras…) que vendíamos a los bañistas. A pesar de lo que parece, también era una buena fuente de ingresos. Poco a poco fuimos amasando una pequeña “fortuna”.
Si algo he aprendido a lo largo de todo este tiempo es que el dinero es el centro del mundo: muchas personas hacen locuras por dinero. En menor medida, nosotros también hemos sido así, puesto que el objetivo de nuestros engaños y estafas era ganar dinero. Esta dependencia hacia el dinero surgió en el momento en el que nos independizamos; cuando éramos pequeños, no apreciábamos un puñado de monedas tanto como ahora. En conclusión, el dinero tiene un papel tan importante en nuestras vidas que es capaz de mover montañas.
Tras este pequeño inciso, sigo narrando: tras una temporada en la playa, nos cansamos de ella y nos fuimos en busca de otro trabajo. Durante cinco años estuvimos trabajando en todos los trabajos que se puedan imaginar. Además de evolucionar como personas, lo hicimos también intelectualmente. Dejamos a atrás a aquellos jovenzuelos catetos que sólo sabían contar hasta diez y recitar el abecedario.
Por aquellos tiempos conseguimos el mejor trabajo que habíamos tenido hasta el momento: mecánicos. Para mí, reparar coches tiene su encanto. Es una gran sensación la que te entra cuando piensas que el dueño del coche estropeado depende de ti. No me habría importado dedicarme más tiempo a la mecánica, pero me surgió algo mejor: la política. En efecto, vuestra merced ha leído bien. No parece lógico que un mecánico llegue tan lejos, pero bien sabido es que en la política puede meterse todo aquel que lo desee. Fue bastante divertida la forma en que comencé en este mundillo: mi último trabajo como mecánico consistió en reparar el motor de un coche que resultó ser el de un político. El nombre de dicho político me sugirió que podía ser de descendencia católica. Los políticos por lo general van bien peinados, trajeados… en definitiva, guardando las formas. Pero este que yo me encontré no parecía estar envuelto en esto de la política por su peinado (una coleta baja) y su forma de vestir. Esa misma mañana estuve leyendo el periódico y quise hacerme el inteligente delante de él: que si no se qué del IVA, que si no se qué del IBEX, que si no se qué de la PAC… Tal fue el asombro de este político de ver un mecánico tan entendido en economía que me ofreció unirme a su partido. Al parecer ya mismo había elecciones, y este político quería sustituir a un tal Eloy o algo así como presidente.
Cuando nos reuníamos en el Congreso de los Diputados, todo el mundo hablaba de términos que yo desconocía. Es más, si hubiera alguien que hablara japonés le entendería mejor. A pesar de las dificultades, desarrollé una técnica infalible: cada vez que se dirigían a mí, miraba fijamente a la persona que me hablaba y asentía. Cuando acababa, independientemente de lo que dijera, yo le daba la razón. Algunos que ya dominaban esta técnica dieron el siguiente paso: jugar a juegos en el móvil. Recuerdo que una vez me llevaron a la Cámara de los Eurodiputados, y me tocó hablar con un político del Reino Unido. No sabía inglés, así que tuve que improvisar: llevé a cabo mi técnica de asentir y dar la razón, pero como no sabía decir “tienes razón” en inglés, se me ocurrió repetir las últimas palabras que dijo mi interlocutor. Así lo hice, y el inglesico me miró con cara de perplejidad y se fue.
Mientras yo me codeaba con los políticos, Martín seguía en el taller. Intenté meterlo a él también en mi partido y no hubo problema: al parecer esto de la política funciona por enchufe.
Ya casi podíamos considerarnos políticos, pero nos faltaba el último paso: hacer una estafa.
Algunos blanquean capital, otros crean paraísos fiscales en Andorra o Panamá… Y yo me pregunté ¿y por qué no hacer eso mismo pero más cerca de España, o incluso dentro? Así lo hice. Metí dinero negro en una cuenta bancaria en un pueblo que ni conocen los que viven allí. No me acuerdo de cómo se llamaba. Me salió mal la estafa y me pillaron. Me obligaron a devolver todo lo robado, pero no tenía ningún duro. Por eso, los de mi partido se tuvieron que hacer cargo de la deuda. Tras una serie de pagos y visitas a los juzgados, quedé libre de cargos y volví a mi taller, donde estaría más tranquilo (en realidad los de mi partido me echaron).
Después de políticos, Martín y yo trabajamos en muchos más sitios, pero creo que ya me estoy alargando demasiado, así que para que descanse vuestra merced de tanta lectura, ya contaré esas historias en otra ocasión y aquí me despido.